Autor: Julián Larrauri Año: 2008
No sabía cómo había llegado allí. Una mañana, cuando el sol apenas despuntaba, apareció en la puerta de su vieja cabaña. Al principio no creyó lo que veían sus ojos, retrocedió torpemente hasta perderla de vista y nervioso dio varias vueltas por la casa sin saber que hacer. Como un autómata fue a la cocina y se sirvió un vaso de aguardiente. Tras un único y largo trago se le erizaron los cabellos y se irguió completamente. Se encontraba a su espalda y él lo sabía. Apoyándose en la encimera respiró hondo y como alguien que se enfrenta a sus fantasmas dio un giro rápido y seco entornando sus ojos hacia la entrada, con la extraña sensación de que ya no se encontraría allí y que no había sido más que el fruto de su imaginación. Pero allí estaba, inmóvil y hechizante, labrada con detalle en el hielo, una frágil estatua de mujer. Los primeros rayos del sol se asomaban entre las casas bañando la figura con contrastes y reflejos. La dotaban de un aire extraño y mágico, acentuado por la extrañeza de esos ojos vacíos y profundos de mirada ausente. Una larga melena transparente caía a ambos lados de su cuello de cisne enmarcando su gracioso rostro de pómulos respingones y labios paradójicamente carnosos. Un fino manto de hielo vestía su delgada figura quedando desnudos sus hombros redondeados. Sus pies descalzos se encontraban ligeramente de puntillas, como si hubiera sido congelada en el instante en el que iba a avanzar un paso.
No podía dejar de mirarla. Él nunca había sido un hombre enamoradizo, era demasiado joven para pensar en esas cosas, siempre estaba más pendiente de sus redes y pescados que del mundo que había a su alrededor. Sin embargo, ahí se encontraba, sin buscarlo, sin quererlo, ella había aparecido en su vida. Esa figura de delicada perfección había decidido presentarse ante su puerta dispuesta a quedarse con él para siempre. Largo tiempo permaneció inmóvil, con miedo a que un movimiento la hiciese desvanecerse. Por fin, tras unos minutos, o quizás horas, con torpeza avanzó un paso hacia la inmóvil figura aproximando lentamente su tosca mano a la mejilla. Sin apenas tocarla de un movimiento seco retiró la mano sorprendido. Estaba extremadamente fría. Con precaución y un ligero temblor volvió a acercar la mano mientras posaba suavemente la otra en su antebrazo. El frío era muy intenso y subió con gran velocidad por sus brazos produciéndole una punzada en el cerebro. Sin embargo esta vez no retiro la mano y tras unos segundos de dolor se acostumbró a resistir la extraña sensación. Sus ojos se cruzaron con los de ella, nunca supo si realmente le estaba mirando, pero creyó ver como una ligera sonrisa asomaba entre sus labios. En ese momento se dio cuenta lo que realmente sentía, descubrió la extraña sensación de felicidad que se despertaba en su ser sólo porque ella estaba cerca y sólo albergaba ganas de servirla, complacerla y buscar su felicidad por encima de todas las cosas.
Y allí estaba, un estúpido y pobre pescador dispuesto a dar su vida por una estatua de hielo que no parecía reaccionar a sus mimos y halagos. Pasó el invierno y todos sus esfuerzos por conseguir que ella reaccionara resultaron nulos. La delicada figura se convirtió en una obsesión para el joven pescador. Olvidando por completo sus faenas y deberes dedicaba los días y sus noches a encontrar la forma de agradarla, de que ella fuera feliz, de que le amara como él la amaba a ella, de recibir, aunque sólo fuera una vez, una respuesta diferente al gélido frío que la envolvía. Sin embargo el nunca perdía la esperanza, algo en el fondo de su corazón le decía que ella también le amaba a él, aunque su condición de figura de hielo le impidiera demostrarlo.
Una mañana, el ligero gorgoteo de los pájaros lo despertaron. Como tantas otras noches se había quedado dormido contemplándola. Se encontraba tumbado en el suelo rodeado de un gran charco de agua. Adormilado trato de seguir soñando y busco a tientas con las manos el tacto de su amada. De repente se dio cuenta. Algo no marchaba bien. Se levantó de un salto y nervioso la busco con la mirada por toda la habitación, pero no había rastro de ella. Como un loco recorrió toda la casa sin encontrarla. Corriendo salió al pueblo y desesperanzado se dejó caer sobre las rodillas gimiendo su nombre. Ella se había ido. Al igual que como vino decidió marcharse, dejándole solo con su tristeza.
Al principio la pesadumbre invadió su corazón y sintió ganas de abandonarse en la mar y acabar ahí sus penas. Sin embargo, en cierta forma se sentía liberado. Ya nunca tendría que agotar sus fuerzas buscando la manera de que le amara, ya nunca velaría las noches buscando respuestas imposibles, ya nunca se privaría de vivir por agradarla en los detalles más pequeños, ya nunca tendría que sufrir más a su lado. Por fin todo había terminado, surcando sus mejillas desapareció la angustia, el nerviosismo, el miedo, la desconfianza y todos los frutos de su agridulce enamoramiento. Quedó el corazón vacío, fuera del pecho, y en su lugar, desesperanza. Con su ausencia se había marchado parte de su propio yo. Jamás podría volver a entregarse como lo hizo con ella. Le había dado todo, sin reservas, sin querer pensar nunca en que ella podría marcharse de su lado, queriendo dedicar toda su atención, todos sus esfuerzos, toda su vida a ella. Ya no podría volver a sentir eso por nadie, jamás recuperaría la ilusión del primer amor de dar sin esperar nada a cambio, de entregarse sin el miedo a ser dañado, a no ser correspondido. Había entregado todo su ser a la persona inadecuada perdiendo así su capacidad de amar.
Nunca nadie supo que pasó. La noticia se difundió por todo el pueblo como la pólvora: el joven chico de la cabaña del puerto había desaparecido. Durante varios días lo estuvieron buscando, anduvieron todos los caminos, se adentraron en el bosque y subieron las colinas, recorrieron las costas y los muelles pero nunca dieron con él. Sólo encontraron, para sorpresa de todos, algo muy extraño en la destartalada cabaña: una delicada estatua de hielo que representaba con detalle la figura del pescador, bajo, de hombros anchos y de ojos tristes y vacíos, que con mirada ausente, mantenía una fría pose hasta el fin de sus días.
Julián Larrauri